martes, 11 de diciembre de 2018, 21:08
Elmonarquico2015
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Se dejó llevar... (PARTE II)

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Inmaculada Fuentes B.

Según se traspasaba la puerta, a la izquierda, se encontraba una bancada donde se disponía una pequeña cocinita blanca de dos fuegos y en uno de ellos reposaba una cacerola a la espera. Debajo estaba alojado un horno. A poco más de medio metro de separación se encontraba el fregadero que tampoco era demasiado grande y al que le seguía otro tramo de bancada de un metro más o menos. Pegada a la pared de la derecha se encontraba una pequeña mesa de madera que era incapaz de averiguar los años que podia tener pero, que la conquistó nada más posar sus ojos en ella. Era una de esas mesas desgastadas por el uso pero que, se nota de lejos que han sido cuidadas y mimadas pues, allí se disfrutaba del buen hogar. A cada extremo de la mesa y otra en el centro, se disponían tres sillas. Cada una de ellas era distinta y con su propia historia que, no dejaban de ser a cual más intrigante. Entre ambas paredes había una puerta que daba a un pequeño patio donde la anciana tenía unas cuantas plantas aunque no parecía que les prestase mucha atención.


En aquella angosta cocina se respiraba tranquilidad, calma, sosiego...parecía que el tiempo se había detenido muchos años atrás y además...no importaba.


Cerró los ojos y respiró profundamente. Pudo percibir los suaves aromas a especias y a hiervas aromáticas que llenaban la habitación. Se percató de que en un rincón de la bancada había unas cuantas macetas que tenían plantadas, distintas de esas hiervas aromáticas como estragón, hiervabuena, albahaca, salvia, romero, orégano, etc... Ella tenía en su cocina lo que había dado en llamar "el cajón de las especias" pero, allí delante tenía ese "cajón" de especias vivas!!


Seguía conversando con la anciana mientras aquella no paraba ni un momento. Parecía que estuviese bailando mientras se deslizaba por su pequeña cocina.


En menos de 20 minutos la mesita de madera se llenó de cosas que no acertaba a saber de donde habían salido. Había un platito con queso, unos tomates del mercadillo , troceados con un poco de oregano y un chorrito de aceite de oliva de la tierra. Del horno sacó una focaccia recien hecha que, cada vez que se tomaba un bocado parecía deshacerse en su boca un pedazo de nube. La anciana dispuso un plato para cada una, de la mejor pasta que jamás había tenido ocasión de probar. La mujer la había amasado antes de irse al mercadillo y, colgando de un palo de madera atravesado en el patio, tenía secando los tagliatelle. La cocinó en un suspiro sólo con unos ajos troceados, unos tomates secos también por ella misma y, un chorrito de aceite de oliva esta vez picante. Le puso por encima unas hojas de albahaca y sirvió dos vasos de vino. El vino procedía de una botella de cristal con un tapón de corcho, sin más, sin etiquetas ni milongas.


Ella no preguntó.


Se sentaron a la mesa y, como si se conociesen de toda la vida, compartieron aquel festín, sin dejar de hablar. La anciana le contaba inmumerables historias y ella se sentía cada vez más cercana a esa mujer.


Finalizaron aquella comida que le supo a gloria y, después de un rato de reposo, llegaba el momento de despedirse.


Se sentía muy cómoda y a gusto en aquella casa y con aquella compañía.


Había conocido lo auténtico de ese lugar, lejos de lo que conocían todos los que llegaban allí con las mismas intenciones que ella, ver Patrimonio, pero, ella había tenido la suerte además, de conocer una verdadera vida contada por su protagonista.


La anciana se despedía de ella con su eterna sonrisa dibujada en el rostro, debajo de miles de líneas, cada una de ellas con su propia historia. La miraba con sus pequeños y profundos ojos llenos de dulzura y de recuerdos.


Ella se llevó la esencia, la sabiduría y la hospitalidad de un nuevo lugar.


Volvería, de eso no tenía duda.


Palermo la había marcado y...esa mujer.... bueno esa sería otra historia...




Por Inma Fuentes B. 














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