lunes, 24 de septiembre de 2018, 13:12
Elmonarquico2015
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Manuel Azaña

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                                    Manuel Azaña / Foto: Narodowe Archiwum Cyfrowe



Mari Tecglen

Para que todos me conozcáis, tengo 92 años. Me asocié a la Comunión Tradicionalista en 1936, en la A.E.T. (Agrupación de Estudiantes Tradicionalistas) en Madrid, del brazo de un primo mío algo mayor que yo, como pelayo. Y siempre me he sentido español, cristiano, y tradicionalmente monárquico.


He sido testigo vivo de los años, quizá, más trascendentales de nuestra historia. Y me ha parecido oportuno hablaros, hoy, de Manuel Azaña, Primer Presidente del Gobierno de la II República Española.


D. Manuel, al término del primer trienio de su mandato, se podía afirmar que no había conseguido el «Marco de convivencia democrática en una sociedad obviamente escindida», principal objetivo de su programa político, e idea fundamental para que millones de españoles creyeran en él. Era, Manuel Azaña. El Hombre de la República.


Pero resultó que sus actuaciones políticas…, las que millones de españoles esperaban, fueron evidentemente contrarias a lo que se esperaba de él. Comenzó por apoyar la Constitución de 1931, sin consenso; y continuó con ataques frontales a la Iglesia Católica. Pasó, e incluso aplaudió, nada menos que la Quema de los Conventos. Ordenó la Expulsión de los Jesuitas y la Retirada de los Crucifijos de las Escuelas… Y todo ello, agravado por el Paro Obrero, convirtieron en amarga frustración las alegrías del 14 de abril de 1931, día de la Proclamación de la República.


-«Todos los conventos de España, no valen la uña de un republicano» -declaraba Azaña cuando los libertarios incendiaron los conventos el 11 de mayo de 1931.


-«España ha dejado de ser católica» -manifestaba cuando expulsaron de España a los jesuitas.

Enfrentarse a la Iglesia Católica para aquella media España conservadora y tradicional, no era el esperado Marco de Convivencia. Y los españoles, en las elecciones de noviembre de 1933, decidieron confiar a las derechas, representadas por la CEDA, una opción de gobierno.


Sin embargo, Largo Caballero, el Lenin Español, ya había proclamado en Murcia durante la campaña electoral: «Si los socialistas perdemos en las urnas, iremos a la violencia; pues antes que el fascismo preferimos la anarquía y el caos». Y las Juventudes Socialistas Unificadas (J.S.U.) que reunían socialistas, comunistas y anarquistas, fieles a las consignas de su líder, se habían convertido, a nivel nacional, en los bravucones dueños de las calles. A los derechistas de la CEDA, vencedores de las elecciones y liderados por Gil Robles, les faltó valor. Ninguno de ellos estaba dispuesto a jugarse la vida por defender sus ideas conservadoras. Y solo los bravucones socialistas encontraron un débil adversario en los jóvenes que, al amparo de las libertades democráticas, se atrevían a vender por las calles el semanario FE, (Falange Española).


Las luchas callejeras de porrazos y puñetazos comenzaron a sucederse. Sin embargo, es justo y notorio significar que aquellos jóvenes que vendían su semanario se limitaban a defenderse armados de porras. Nunca de pistolas. Y fue en junio de 1934, a partir del horrendo crimen de Juan Cuéllar por las Juventudes Socialistas a orillas del Manzanares, cuando, después de siete muertos y docenas de heridos, comenzaron las represalias.


Pero poco después; en Octubre de 1934, el Partido Socialista Obrero Español (P.S.O.E.), en connivencia con la Generalitat de Cataluña, se levantó contra la República y contra España en un auténtico Golpe de Estado.

En Barcelona, Luis Company, Presidente de la Generalitat, asomado al balcón del Palacio de la Plaza de San Jaime, proclamó el Estado Catalán de la Republica Federal Española. Situación que resolvió el Capitán General de Cataluña, Domingo Batet, de acuerdo con Alejandro Lerroux, Jefe del Gobierno de Madrid. Y toda la Generalitat terminó encarcelada.


En el resto de España, el levantamiento se resolvió a excepción de Asturias, donde la Revolución se prolongó durante 14 días. El Gobierno envió a la Legión. Y se produjeron enfrentamientos crueles en Oviedo; calle por calle, en luchas cuerpo a cuerpo con los legionarios, hasta conseguirse la victoria de las fuerzas gubernamentales; pero con la ciudad de Oviedo convertida en un montón de ruinas, y más de mil muertos en ambos bandos; de los que más de cien fueron sacerdotes y religiosos asesinados.


Y así; en ese clima especialmente tenso, se desarrolló el Segundo Periodo Republicano –1934/1936– al que muchos llamaron Bienio Negro y otros Bienio Estúpido.


Sin embargo, es de justicia comentar que la CEDA comenzó derogando, marginando o paralizando todas las reformas realizadas por el gobierno anterior. Muchas de ellas acertadas, como las promovidas por Indalecio Prieto al frente del Ministerio de Fomento; o las de Marcelino Domingo en su eficaz campaña de alfabetización. Y además, al margen de la lucha política y de las constantes refriegas; paradójicamente; el mundo de la cultura se desarrolló con marcada brillantez. Se ve que los ciudadanos vivían considerando que aquellas luchas callejeras de carreras, porrazos y hasta muertes, formaban parte del paisaje urbano. Y se sucedían los estrenos teatrales, las conferencias culturales, la Feria del Libro, los conciertos, las nuevas zarzuelas, las inauguraciones... Lorca, Valle Inclán, Marquina, Sorozabal, Benavente… Dentro de un ambiente en el que las tertulias literarias, o científicas, o artísticas de toda índole, eran asignaturas obligadas.


Autor: Mario Tecglen

www.mariotecglen.com

















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