jueves, 13 de diciembre de 2018, 08:31
Elmonarquico2015
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Irene de Bizancio...no tan santa

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Irene de Bizancio1



Conde Bevilacqua Bennedetti

En un mundo donde los hombres siempre dejan su huella pero las mujeres la deben dejar abriéndose paso a base de golpes, humillaciones y otras tantas vejaciones, encontré un caso tanto monstruoso como impresionante. Un caso de supervivencia, ambición y poder que podría ser el tema perfecto de una película de historia, y a la vez de terror absoluto. Nos postramos hoy ante Irene de Bizancio o Irene la Ateniense, en griego Ειρήνη Σαρανταπήχαινα (Eiréne Sarantapechaina) la mujer que gobernó el Imperio Bizantino durante casi dos décadas con mano de hierro, y que a día de hoy, es considerada Santa por la Iglesia Ortodoxa griega, pero que por desgracia ha pasado a la historia como la Emperatriz que le arrancó los ojos a su hijo para reinar.


Hermosa aunque pobre

Irene nació en el año 752 en la ciudad de Atenas, la cual ya hacía tiempo que había perdido su esplendor clásico tras el cierre de la Academia de Platón por órdenes de Justiniano en el 529. El Imperio Bizantino en esos tiempos en los que nació Irene era regido por la Dinastía de los Isaurios, tristemente célebres por ordenar el fin de las adoraciones a los iconos en las iglesias por considerarlo una idolatría. Cualquiera que fuera iconódulo podía ser castigado con la muerte.


Irene, aunque de familia pobre, era célebre por su belleza; y parece ser que recibió una buena educación gracias a su tío, el Obispo de Atenas. En aquellos tiempos el Imperio Bizantino había perdido sus posesiones más queridas debido al avance del Islam en Oriente Medio. Egipto y Palestina aún eran una espina clavada en el corazón de Constantinopla, y fue en ese tiempo, en el año 775 cuando murió el emperador Constantino V y subió al trono su hijo León IV.


Emperatiz antes que mujer y esposa

La costumbre de la Corte Imperial a la hora de elegir esposa por un emperador era organizar los famosos Desfiles de Novias. Las muchachas más ricas de la capital debían desfilar ante el emperador a la espera de ser una de ellas la elegida para convertirse en su consorte. No se sabe como tuvo lugar la decisión, si acudiendo Irene en persona o enviando un retrato suyo al emperador, mandado a pintar por el tío de Irene, el Obispo de Atenas, pero al final fue ella la elegida a ser la emperatriz. Así pues en el año 775 y con 23 años Irene se casó en la Iglesia de Santa Sofía con León IV.


A la cabeza de un imperio, que pese a haber perdido la mayoría de sus posesiones todavía conservaba partes de Italia, el sur mismo, Sicilia, Cerdeña, Córcega y Creta, León se encontró con el mayor problema estaba dentro de la misma corte imperial. Irene si bien cumplió con su deber de esposa al principio, se fue distanciando de su esposo al descubrir este que su mujer era iconódula. La emperatriz entonces se instaló en un ala del palacio imperial solo para ella, rara vez sería que los esposos se verían juntos. Tras quedar embarazada y dar a luz a su hijo Constantino Irene ambicionaría el poder para ella misma. Es de admirar, que pese a sus desencuentros, la emperatriz acabó teniendo una gran influencia sobre su esposo, pero jamás volvió a compartir lecho con él.


Al cabo de 5 años de reinado León IV murió en extrañas circunstancias. Según parece gustaba de llevar una corona de oro y piedras preciosas todo el rato puesta, hasta que le aparecieron extraños bultos en la frente que le ocasionaron fiebres y la muerte al cabo de pocos días. Las malas lenguas aseguran que la joya fue envenenada. Siendo su hijo demasiado pequeño para reinar, Irene fue proclamada Regente en el año 780.


Irene de Bizancio2

               Vista de Constantinopla. En primer plano el palacio y puerto imperial 


La emperatriz, el califa e Iconos

Irene reinaría durante los siguientes doce años como emperatriz-regente de Bizancio, en calidad de su hijo, hasta que este fuera mayor de edad. Dotada de una gran inteligencia y carácter de hierro Irene gobernaría el imperio asegurando sus fronteras, aunque algunos de sus proyectos fracasarían. En el 782 el príncipe Harún Al-Rashid lideró una expedición de envergadura que derrotó al ejército bizantino, con Irene a la cabeza, y alcanzó el Bósforo. Irene tuvo que comprometerse a pagar un tributo al Califa durante tres años, consistente en unos 70.000 a 90.000 dinares anuales. Se encontró entonces con otro problema, y es que los hermanos de León pretendían derrocarla para reinar como co-emperadores en calidad de Constantino. Irene los mandó apresar y les obligó a convertirse en monjes.


Sin embargo Irene consiguió un gran logro. Restaurar el culto a los iconos, y que las dos iglesias, Romana y Ortodoxa, se unieran en la defensa del imperio. En el año 786 convocó el Primer Concilio con ella a la cabeza y nombró Patriarca de Constantinopla a Tarasio, su antiguo secretario. El Concilio comenzó el 17 de agosto de 786 en la iglesia de los Santos Apóstoles de Constantinopla, con la asistencia de delegados tanto del papa Adriano I como de los patriarcas de Alejandría, Antioquía y Jerusalén pero debió interrumpirse debido a la oposición del ejército. El segundo tuvo lugar en Nicea en septiembre de 787, se celebró con éxito y declaró herética la doctrina iconoclasta aunque se especificó que los iconos solo podían ser objeto de veneración y no de adoración. El éxito del concilio, conocido como el II Concilio de Nicea, supuso la reunificación con la Iglesia de Occidente.


Irene de Bizancio3


El emperador soy yo

En el año 792 Irene decretó que ella tendría siempre prioridad en el gobierno frente a su hijo Constantino, que ya tenía edad para reinar solo. Esto convirtió a su hijo en el principal foco de oposición contra el gobierno de Irene, y se urdió una conspiración para deponer a la emperatriz. Sin embargo, la conspiración fue desbaratada por Irene, quien castigó a los culpables, encarceló a Constantino y obligó al ejército a jurarle fidelidad. Mientras que en la parte europea del Imperio, donde predominaban los iconódulos, lo consiguió sin problemas, los soldados de Asia Menor se negaron y comenzaron una revuelta que culminó con la proclamación de Constantino VI como único emperador. Irene se vio obligada a ceder el poder a su hijo y se retiró de la política.


Constantino VI demostró ser un pésimo monarca. Al cabo de 2 años de revueltas y pérdidas de batallas se vio obligado a llamar a su madre otra vez y la nombró emperatriz de nuevo. Pero Irene no había olvidado la ofensa y aparte de ello la relación con su hijo empeoraba al no haber cedido la emperatriz de que este se casara con su amante Teodote y repudiara a su esposa, María, y la mandara a un convento con sus hijas Irene y Eufrósine. Esta última sería emperatriz al casarse con Miguel II.


Irene entonces empezó a conspirar para deponer del trono a su hijo. Lo consiguió en junio del año 797. Constantino intentó escapar, pero fue apresado y confinado 2 meses en un palacio junto a Teodote, pero el estar vivo suponía un peligro para su madre. El 15 de agosto de ese mismo año fue llevado al palacio y cegado por orden de su madre en la misma cámara, la Pofirogineta por el color púrpura de sus paredes, donde veinte años antes Irene le había traído al mundo. Constantino murió al poco tiempo después por las heridas causadas por la horrible mutilación que había sufrido. Se dice que un eclipse tuvo lugar ese mismo día y duró 17 más, interpretado como un signo de furia de Dios por la atrocidad que Irene había cometido.


Tras acabar con la vida de su hijo Irene se convirtió en la primera mujer que reinaría de manera absoluta el Imperio Bizantino, ya no como consorte ni regente, sino en su propio nombre. En todos los documentos firmaba como Basileus, emperador, y no Basilissa, emperatriz. Inició una labor de mecenas y filántropa, construyendo iglesias, monasterios, hospitales y orfanatos y patrocinando grandes obras de caridad. Su último acto cruel fue con sus cuñados, que pese a ser monjes, seguían conspirando contra ella. Irene los mandó cegar y arrancarles la lengua.


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                                                     El imperio bajo el reinado de Irene 



¿Yo, la esposa de Carlomagno?

Irene de Bizancio5

En la Navidad del año 800 Carlomagno fue coronado como emperador de los Romanos por el propio Papa. Aquello fue una ofensa para Irene, dado que ella era la Emperatriz de Roma y de los romanos (El término Bizantino no existía aún en esa época) y era inaceptable que hubiera dos Césares. Sin embargo, pronto se montó una cancillería secreta entre Irene y el emperador, en la cual le ofreció matrimonio y de esa forma restaurar una parte del Imperio Romano, por supuesto, en las que ambos reinarían en sus respectivos terrenos. Aquello habría fortalecido la débil posición de Irene en el trono bizantino, pues tenía casi 50 años y vivía rodeada de sus secretarios, eunucos y favoritos pero sin un heredero.


Según algunas fuentes el emperador mandó embajadores a Constantinopla proponiendo matrimonio a Irene. Pero los planes de boda fueron frustrados por uno de los favoritos de la emperatriz.


Caída y final

En octubre del 802 Irene fue derrocada por un golpe de estado y se colocó en el trono a Nicéforo I, que había sido su ministro de finanzas. La emperatriz fue desterrada a la isla de Lesbos. Vivió en la más absoluta miseria, teniendo que hilar y tejer lana para subsistir. murió un año más tarde, el 9 de Agosto del 803 a los 51 años de edad. Con su muerte se cerró un ciclo en la historia de Bizancio y la dinastía Isauria llegó a su fin. Su cadáver fue trasladado por su nieta Eufroxine, ya siendo emperatriz, de vuelta a Constantinopla, y enterrada en el Mausoleo de la Iglesia Imperial.


Posteriormente su tumba sería saqueada por los Cruzados en el 1204 y destruida por Mehmet II en 1461, ya cuando el Imperio Otomano había conquistado al Bizantino.


Irene fue canonizada en el año 864. Actualmente es venerada por haber restaurado el culto a los iconos, pero solo se la recuerda por haber cometido el monstruoso acto de cegar a su hijo para llevar puesta hasta la tumba la púrpura imperial. Sin embargo, fue la predecesora de muchas mujeres que en los siglos siguientes reinarían con un mismo poder que el que ella inició y portó hasta el final.




Conde Bevilacqua Benedetti












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