miércoles, 21 de noviembre de 2018, 12:40
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Curiosidades de linaje. Título de nobleza. Parte 2ª

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Damas de la nobleza 1907

Damas de la nobleza entrando en Palacio (1907). Revista Nuevo Mundo (697)



Problemática actual

Existen en España muchos títulos nobles en manos de linajes menores y colaterales con respecto del fundador, que han desplazado de sus derechos sucesorios al linaje principal. Para hacerse con los títulos se aprovecharon de los avatares sufridos en España en los dos siglos pasados. Las fortunas cambiaron de mano y como consecuencia, los títulos se abandonaron o fueron a parar a manos de familiares lejanos. Hoy día, los linajes principales que surgieron del título, ya no pueden recuperar las fortunas que perdieron, pero, con ayuda de internet, pueden intentarlo con los títulos que una vez portaron sus ancestros. Si el título está ocupado, sus razonables aspiraciones se ven truncadas por una reciente jurisprudencia de 1987 que no permite litigar por el título noble que se encuentre más de 40 años ocupado por otra línea familiar. Si el título está vacante, sus razonables aspiraciones se ven truncadas por un reciente Real decreto de 1988 que no permite rehabilitar el título si ha estado desocupado durante más de 40 años.


Les dejo un artículo de hace varias décadas que describe una situación parecida ocurrida en el pasado y que se arregló gracias a una acertada jurisprudencia y legislación posterior.


El dogma de la imprescriptibilidad del derecho nobiliario

Artículo publicado en 1958 por don Enrique Jiménez Asenjo(1).


A pesar de haber sido proclamado reiteradamente por la doctrina, la ley y la jurisprudencia que uno de los caracteres más destacados del título nobiliario es su imprescriptibilidad, los ataques contra él no cesan, sobre todo cuando hay que sostener una situación precaria de posesión de alguno contra las determinaciones del principio. Como la imprescriptibilidad es la base maestra del derecho nobiliario, de tal modo que sin ella el sistema quedaría arruinado en su esencia y negada la pureza de la estirpe, conviene que se proclame y defienda "oportuna e inoportunamente", para que sirva de defensa a sus protectores, de advertencia a sus detractores y de enseñanza a todos los que tengan que aventurarse por el campo incierto de este sector del derecho patrio, que no por ello deja de ser curioso, original e interesante.


La imprescriptibilidad del título significa que, una vez creado o nacido, ya no morirá, teóricamente, jamás, y que éste se transmite, idealmente por ministerio legal, a favor de quien posea el mejor derecho a llevarlo y ostentarlo de por vida, sin necesidad de aprehensión de su posesión, ya que es intangible.


Es posible que alguien, no poseedor óptimo legal, lo use o disfrute; pero lo hace porque nadie con mejor derecho que el suyo se lo discutió. O sea, lo posee con la condición tácita de que lo usará hasta tanto que otro mejor-habiente que él se lo reclame. El título clama, donde quiera que esté, por su dueño, podríamos decir parafraseando este principio de derecho inmobiliario y dando a la palabra "dueño" el valor relativo que posee en los títulos, en donde no se conocen más que poseedores. El individuo sirve a la clase.


Curiosidades de linaje1

Don Pedro Rosique y Hernández, II marqués de Camachos. Pese a que existen descendientes directos, el título pasó en 1959 a una rama colateral del linaje principal(3)


Tal dogma se funda, sociológicamente, en la razón de que lo que interesa es conservar las estirpes lo más puras posible, según el sistema, regular o irregular, de vinculación que se adopte. De otro modo la pureza de sangre quedaría afectada por transmisiones espúreas o de peor condición que la fundamental o más pura existente y la ley fundacional vulnerada. Por esto, cuando cualquier poseedor titulado alega en su favor que lleva diez, veinte, treinta o más años poseyéndole y con ello pretende ser su dueño indiscutible e invulnerable frente a todos, por virtud del transcurso del tiempo, incurre en notorio error de concepto que no puede prevalecer. Si así fuera, ¿qué pasaría con las estirpes preferentes, con las líneas de mayor pureza racial? Que quedarían postergadas a las inferiores y de peor rango o condición.


"El carácter de perpetuidad que por su naturaleza corresponde a estas mercedes excluye la idea de caducidad", dice certeramente Boulet.


No, ni el título muere, ni caduca, ni pierde su pureza vincular por mucho tiempo que transcurra sin poseerle. Lo contrario negaría la esencia de las líneas aristocráticas, de las dinastías nobiliarías. Las familias acabarían degenerando en una clase aburguesada y despreciable por su adulterada naturaleza tradicional. ¿Qué sería entonces de la clase noble?. De esto resulta, consecuentemente, el principio de la posesión civilísima, eje de toda su dinámica sucesoria. Significa que muerto el poseedor actual del título, éste pasa a poder de aquel que posea el mejor derecho nobiliario a llevarle. Naturalmente que este traspaso no se realiza físicamente, con una "bis atractiva" irresistible como si fuera con imán, sino que constituye una auténtica ficción legal. Es, pues, lógico que quien lo reclame para sí sin contienda lo obtenga por suponérsele el mejor poseedor, puesto que nadie se lo discute, o porque, si discutido, lo ha sido de mejor clase que el oponente. Más, en todo caso, nunca será el dueño absoluto frente a todos, sino sólo el poseedor actual de mejor derecho frente a su contendiente. Por tanto, se halla sujeto a revisión en cuanto aparezca un tercero que estuvo, hasta ahora, oculto por razones que no son del caso: abandono, incapacidad económica, respetos familiares, etc., y lo reclame para sí por virtud de su mejor línea, mejor grado, mejor sexo o mejor edad. Así, se dice certeramente por la Jurisprudencia que las Cartas Reales sucesorias no tienen otro carácter que la de meras cédulas posesorias, disfrutándose el título o grandeza en precario y sólo a los efectos de su subsistencia, mientras no lo pretenda un tercero con mejor derecho.


El dogma de la imprescriptibilidad ha padecido una crisis ejemplar, hoy superada. Partió de un Real Decreto de 28 de diciembre de 1846 (artículos 8.° y 9.°), ratificado por otro de 1899, en donde se reconocía la "facultad de renunciar las grandezas y títulos". La condición de mortales estaba, pues, declarada, ya que si no eran adquiridos por los herederos legítimos durante dos sucesiones directas tendría lugar la supresión de la grandeza o título. Sobre esta base prescriptible o caduciaria llega el Real Decreto de 1912, que pretendió recopilar la legislación vigente anterior a él, y sin escrúpulo alguno regula el lado positivo de la prescripción y admite su adquisición por usurpación al declarar que la posesión continuada e ininterrumpida durante quince años de cualquier distinción nobiliaria se consolida en los que la disfrutan... La prescripción positiva y negativa se reafirma en los Decretos posteriores, sujetando los títulos al régimen vulgar de las demás cosas muebles e inmuebles, con notorio error legal. Basta abrir los ojos y contemplar la naturaleza de las grandezas y títulos para comprenderlo.


La modificación no hizo fortuna, y fué la jurisprudencia del Tribunal Supremo la encargada de mostrar la inconsecuencia y poner las cosas en su justo lugar, restableciendo la doctrina tradicional de la imprescriptibilidad. En Sentencia de 20 de diciembre de 1922 se dice expresivamente que la prescriptibilidad es opuesta e incompatible con la naturaleza y fines de los títulos y mercedes nobiliarios equiparados a los mayorazgos... De este modo el Tribunal Supremo salvó de muerte segura a muchas de las dignidades y ha fortalecido y depurado las líneas y las estirpes nobiliarias. El Decreto de 4 de junio de 1948 deroga ya expresamente (2.a disposición transitoria) el Real Decreto de 1912, y la imprescriptibilidad queda consagrada indiscutiblemente.


A pesar de todo, los enemigos interesados en defender las posiciones jurídicas que les son favorables no se avienen a respetar el dogma de la imprescriptibilidad nobiliaria y se amparan en razones de la más varia índole para ello. Todavía osan alegar en su favor las viejas y extintas leyes de la caducidad del derecho al título, del siglo pasado, y defienden su vitalidad, "post mortem", con las más ingeniosas argumentaciones posibles para lograrlo. De otra parte se invoca, con manifiesta torcida interpretación, la Ley 41 de Toro, que se halla inserta entre los medios de prueba, y proponen que quien posee el título más de cien años o por tiempo inmemorial es el poseedor indiscutible y por tanto dueño y señor del mismo, llegando a fundar estirpe. Así transforman un mero problema de carga de la prueba, o sea de presunción legal "iuris tantum", en uno de presunción absoluta, o "iuris et de iure". Más, en realidad, aquí no existe novedad jurídica, en cuanto todos los poseedores gozan de la presunción favorable de que poseen con justicia el título, y en este caso lo es la mera posesión indiscutida. Por tanto, quien ose negarla debe probar un mejor derecho nobiliario al mismo.


Curiosidades de linaje2

Don Francisco Javier Everardo Tilly y Paredes, I marqués de Casa Tilly. Pese a que existen muchos descendientes directos, el título pasó en 1908 a una rama colateral del fundador(4)


Finalmente se acude a las disposiciones forales, si conviene; para ver si a su amparo, ya que les favorecen, logran lo que no podrían por un camino recto. Así los títulos catalanes, sea cual fuere su fundación u origen, se amparan en el usache (usatge) 156, "Omnes causae", por el cual todas las causas o cosas prescriben en el Principado a los treinta años de posesión ininterrumpida. Mas tal interpretación es también sectaria. Su aplicación se refiere, dice Brocá, a toda prescripción ordinaria, o sea de todas aquellas cosas que en el derecho romano prescribían a los diez años entre presentes y veinte entre ausentes. Todos los comentaristas del derecho de Cataluña dan testimonio de esta inteligencia. Marquiles, cuyas palabras simplifica Mieres, dice que el usache "Omnes causae" debe ser interpretado a tenor del capítulo 44 del "Recognoverunt próceres". O sea que únicamente sustituyó a la prescripción romana de diez y veinte años, afirmación que reproduce Oliba ("Instituciones de Derecho Civil de Cataluña", G. M.a Brocá, pág. 634). Naturalmente, ninguna de las cosas a que el derecho romano se refiere pudieron ser los títulos nobiliarios nacidos en época muy posterior. De otra parte, el derecho de la nobleza es un derecho puramente palatino -no regional-, como emanado de la Corona para su brillo y esplendor teóricamente, pero prácticamente como sistema jurídico-económico para el mantenimiento del régimen. Está por tanto sustraído a las normas generales o propias de todo otro derecho. El derecho civil de las cosas comunes de Cataluña no le afecta ni puede afectar por principio esencial del sistema. Por tanto, la imprescriptibilidad es una condición suya inatacable, y menos con argumentos de otro sector jurídico, dentro de todo el reino.


En conclusión, el título nobiliario posee su estatuto legal propio y singular, que le sigue como la sombra al cuerpo allí donde quiera que fuere o estuviere y por ello nunca muere. Esta regla es para todas las personas y para todos los lugares, sin excepción posible. Es la opinión ortodoxa en materia nobiliaria, que jamás debe ser olvidada, ni negada, ni desconocida, si no se quiere que la clase se degrade y muera.


Más ... ¿ en qué situación queda, cuáles son las prerrogativas que posee la persona que ha venido disfrutando un título legítimamente durante largos años, que luego es vencida en juicio por otro de mejor derecho? Raventós, que ha tratado la cuestión recientemente en esta misma revista, declara: "El titulado vencido no se halla privado de sus prerrogativas personales; la investidura de la Dignidad nobiliaria imprime carácter., que se conserva de por vida, del mismo modo que el Rey destronado no deja de ser Rey aunque sea destronado" ... Esta opinión la refuerza con la de Alonso Carrillo (1794), que dice que "con el estilo y uso común de Castilla) que conserva los Títulos y honores a los que una vez llegaron a tenerlos) aunque cese la causa por los que los alcanzaron o con que los adquirieron"... Por ello es del parecer que se debe reconocer al vencido el derecho a intitularse vitaliciamente con la dignidad, anteponiendo el número ordinal que en la cronología del título le corresponda: Duque o Marqués V o VI tal... Este respeto no puede constituir un obstáculo para que la persona cuyo mejor derecho haya sido declarado por los Tribunales de Justicia obtenga su plena e inmediata efectividad, ya que de lo contrario sería quebrantar en sus cimientos la institución nobiliaria …


Hoy día nuevamente ganan los enemigos interesados en defender egoístamente las posiciones jurídicas que les son favorables. Igual que sucedió hace unas décadas, este desastre solo se arregla legislando. Si queremos que no degenere la esencia(2) del título noble, es muy necesario preservar su imprescriptibilidad, base fundamental del derecho nobiliario.


El poseedor actual del título no lo tiene porque, según el derecho nobiliario ancestral, sea el más idóneo o poseedor civilísimo(5), sino solo porque se lo permite la jurisprudencia reciente gracias al mero paso del tiempo(6). Mientras perduren estas irregularidades pueden darse situaciones extrañas e incómodas cuando se encuentren ambas partes. Unos siempre van a tener la conciencia de que el título fue sustraído de la línea principal por subterfugios legales; y otros, el sentimiento de culpa de tener algo que verdaderamente no les pertenece.


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Autor: Juan Adolfo Cerón Pagán




Referencias:

(1).- Artículo publicado en la revista Hidalguía nº 30, revista de genealogía, nobleza y armas, año VI septiembre-octubre de 1958. Número extraordinario con motivo del I congreso de la asociación de Hidalgos.

(2).- “... en condecorarle con la merced de Titulo para su persona, sus herederos y legítimos descendientes perpetuamente …”. Extractado de la carta de concesión del título de Marqués de Montemayor, concedido por el Rey Don Carlos VII de las Dos Sicilias (luego Don Carlos III de España) por Real decreto dado en Nápoles el 1 de junio de 1736.

(3).- https://es.wikipedia.org/wiki/Marquesado_de_Camachos. El título se lo cedió su mujer y prima segunda doña María Dolores de Borja y Fernández Buenache en 1859, y fue aprobado por la Reina Doña Isabel II, creándose una nueva cabeza de línea. El último poseedor de esta línea familiar fue don Julián Rosique y Lisón, nieto de don Pedro, muerto en 1939. Por cuestiones económicas derivadas de la guerra civil el título se abandonó. El padre del poseedor actual lo rehabilitó en 1959, siendo pariente colateral de don Pedro. Mientras exista descendencia directa de don Pedro (soy su 4º nieto) no está bien que el título esté en otras manos, pero si es así, lo razonable es que se pueda litigar por ese mejor derecho independientemente del tiempo que haya pasado, máxime cuando ahora las familias están prácticamente recuperadas de los malos efectos de la guerra civil.

(4).- https://es.wikipedia.org/wiki/Marquesado_de_Casa_Tilly. Por cuestiones económicas el título se abandonó en 1903 tras la muerte de don Francisco de Asís Rosique. Según jurisprudencia del Tribunal Supremo de 1987, el título ha quedado fijado en la línea familiar que lo ha ostentado de forma pacífica durante más de 40 años. Existen muchas personas que tienen más derecho genealógico a usar este título que el poseedor oficial actual, y entre ellos me cuento, pues soy 7º nieto de don Francisco Javier. Esta irregularidad jurídica mantiene un incumplimiento de la voluntad del Monarca que lo otorgó, y de la del concesionario que lo ganó con valentía y riesgo de su vida, para que lo heredaran, preferentemente, sus legítimos descendientes.

(5).- Ha de tenerse presente que las mercedes nobiliarias están fuera del comercio de los hombres, y ello es consecuencia de que el titular de la dignidad nobiliaria no es propiamente el individuo que la ostenta, sino la estirpe o linaje. Quien ostenta un título nobiliario no es un auténtico “dominus” del mismo, solo su poseedor, y los poseedores del título tienen derecho de uso y disfrute, pero carecen del “ius disponendi”, tanto en las relaciones inter vivos como en las mortis causa, ya que se defiere esta especial sucesión no por derecho hereditario, sino de sangre, por lo que nada tiene que ver aquí el Código Civil. El sucesor se considera que lo es del fundador y no del último tenedor. La posesión civilísima es propia del óptimo poseedor, tal y como reconoce el TS en su Sentencia de 3 noviembre 1997, en la que afirma: «Al poseedor civilísimo no se le puede negar la condición de óptimo poseedor de la merced nobiliaria», ante el cual, cederán todos los demás aspirantes; solamente cuando el poseedor civilísimo no concurra, podrán los otros posibles sucesores, de peor derecho, concurrir con la pretensión de obtener el uso y disfrute en el derecho a la gracia, en virtud del orden de llamamiento instituido en la concesión, con la debida preferencia entre ellos, de línea y grado.

(6).- Precisamente el paso del tiempo en el título de nobleza no tiene ninguna relevancia, pues se trata de una forma inmaterial creada con la única intención de perdurar por siempre. Por eso resulta chocante y absurdo que se le aplique la misma prescripción (aumentada en unos años) que aplica el Código Civil a las cosas sujetas al comercio de los hombres.















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