miércoles, 15 de agosto de 2018, 09:37
Elmonarquico2015
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La irónica sombra de la ciudad luz

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Zizi

París. Domingo tardío. La Plaza de la Vendôme está desierta. Ha llovido intensamente pero el sol reaparece escondido detrás de la gran Columna Vendôme, similar a la Columna Trajana de Roma. Todo se tiñe fugazmente de un coral rojizo en las vacías vidrieras de las grandes relojerías. En 31 Rue Cambon, una famosa casa expone algunas prendas casi con displicencia y con esa elegancia casual que es esencialmente chic por estos lares. Una espléndida cartera transparente se exhibe con igual protagonismo que una obra de Renoir entre sublimes toques de luces flotantes. En su amplia entrada,- escoltada por dos bellas esculturas que sueñan el oro de antiguas épocas-, hay dos mujeres enhiestas mujeres sentadas sobre colchones y abrigadas con chaquetas oscuras. Son, probablemente, madre e hija. La primera lleva un pañuelo fuertemente atado bajo su mentón y en su dulce sonrisa no hay dientes, pero sí el mecanismo casi despiadado de reirle a la nada. Por un instante, creo estar delante de un rostro de Goya. La niña lleva un gorro tejido que luce con la ternura de la ingenuidad. Ambas tienen a su lado sendos recipientes, donde esperan que transeúntes depositen su oblea como se pagan las culpas o la solidaridad, a ojos cerrados.. Llevo en mis manos una cámara fotográfica y en esos instantes, una camioneta- Van se detiene y bajan de ella dos personas que miran mi cámara como si viesen una Kalama rusa. Me piden que no tome testimonio, pero me permiten ver lo que hacen: dejan porciones de comida perfectamente acondicionada, elementos de higiene, abrigo, un paraguas y veo la inscripción " Restaurantes solidarios" : asociación anónima que recorre el centro de París en ayuda de gente en situación de calle.


Salgo de Rue Cambon y el Café de la Paix deslumbra bajo la divina custodia de la Neo- Barroca Ópera Garnier, cuyas esculturas de oro brillan en la altura bajo los últimos rayos de sol que señala las extrañas vetas de una lluvia reciente. Del Metro, una bocanada de gente sale como expelida bajo tierra. Se huele a perfume, la elegancia camina sobre tacos, la seda se insinúa abiertamente, hay rouges y rimmel por doquier, brillantes cabelleras ondulantes bajo la brisa mientras todos miran y son mirados. Un grupo de jóvenes consume los últimos diseños de la casa italiana que repite una y otra vez: "El verde es una filosofía de vida".


Frente a los bellos Jardines de las Tullerías, el Hotel, pleno de romanticismo resume ese refinamiento ancestral posiblemente extraído de su noble vecino, el Louvre. Escucho el piano, es el Vals Brillante de Chopin , mientras miro atentamente a contertulios que gesticulan con discreción. Mi té tiene el aroma suave de naranjas con un toque de vainilla, y desde el interior del jardín, un delicado y lejano olor de almendras, llega con vahídos de seducción. Allí afuera está Juana de Arco, triunfal y bellísima, su base plena de flores exhalan perfumes ya suaves y húmedos en esta actitud parisina: flores frescas para ella, eternamente.


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En la vieja Recova de la Rue Rívoli, un hombre duerme tirado en el piso. Sin abrigos. Sin colchón.. A su lado, una lata de bebida lo mira, como las flores a Juana. Huele muy mal. Le tomo una foto testimonial y una profunda congoja me invade: parece un residuo abandonado a cuyos costados pasa indiferente una París elegante, refinada y de exquisitas costumbres.


Ya en el Ayuntamiento, veo que en cada esquina de la calle que lo demarca, hay un hombre. Ambos están sentados sobre abrigos prolijos y limpios. Uno, tiene a su lado, un perrito al cual peina una y otra vez y ese ritmo constante me remite a letanía y destroza mi memoria reciente de Chopin. El otro, tiene consigo a un conejito que, inmutable, roba mi sensibilidad y me detengo, absorta, ante su quietud: las miradas de ambos mendicantes son manipuladoras, lo percibo hondamente.


En una de las confiterías más renombradas, los colores y sabores son la flor y nata de la bien amada Francia: torres piramidales de macarons multicolores me miran como invitándome a disfrutar de la vida. La gente dialoga animadamente mientras bebe y degusta delicias cuando de pronto, todos enmudecen asombrados: la torre más alta de macarons rosados se ha desmoronada y en una lluvia onírica, caen al suelo como burbujas etéreas y ya rotos, partidos, cambian la esplendidez por la inutilidad. En segundos, ya no queda nada en el brillante piso impecable acondicionado. Los que otrora fueran protagonistas de la desmoronada torre, están ya entre los ordenados residuos del exterior.


Cuando salgo, veo al mendicante del conejito adiestrado, que busca con fruición los residuos y murmura entre dientes..."Por fin, pude probar uno"...



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Zizi Kessler

Profesora de Literatura, Castellano y Latín

- Argentina -















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