domingo, 21 de octubre de 2018, 03:15
Elmonarquico2015
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Muerte de catorce a veintidós

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Skull and crossbones 77950 1280



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 "La mirada fugaz de uno de los agentes sobre la esfera del reloj de pulsera, 

es una súplica para que se detenga el tiempo en ese umbral del infierno, 

esa tarde sin tarde"

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Xavier SubdirectorEn la cabeza, troquelado el momento en el que los dos Guardias Civiles penetraron en el interior de la habitación de ese hotel. La mirada fugaz de uno de los agente sobre la esfera del reloj de pulsera, es una súplica para que se detenga el tiempo en ese umbral del infierno, esa tarde sin tarde. Las catorce quince horas cohabitan en un espacio en suspensión que ha sido malintencionadamente decorado, afeado de manera concienzuda con la población de muebles baratos, que refuerzan la idea de soledad infinita que acompañó a ese hombre en el momento de morir.


El olor a muerte era insoportable, ocupaba un espacio absoluto, se adaptaba a los pliegues, a las tripas de la estructura, a los mismísimos pensamientos que asaltaban al Guardia Civil más curtido. La muerte se aferraba a la soledad y a la última bocanada de vida de esta.


Putrefacción clasista, podredumbre, una habitación y un hotel de carretera cualquiera. La muerte era el todo, el pasillo, las paredes, los muebles, los pulmones de los Guardias Civiles, y la nada. 


Una cama cubierta con una colcha de color beige, una mancha roja negruzca de grandes dimensiones, es sangre. Pronto localizan un cojín con mil cercos de fluidos viscosos rojizos, verdes y amarillos, todo sobre esa misma cama. Un cuchillo de hoja puntiaguda impregnada en sangre coagulada hasta la mitad del filo. Una jeringuilla que contiene un líquido amarillento, descubrirán que es anestesia. Sobre un escritorio desvencijado dos hojas y dos servilletas de papel, todas manuscritas y depositadas sin orden.


Constataron que murió solo, muy solo, el cadáver ya había sido levantado y trasladado al Instituto Anatómico Forense. Quedaron las últimas respiraciones en el adiós escrito al final del texto. Entrelazado de deseos hechos renglones. Se despidió de su esposa y su hija, añorando una felicidad pasada.


Mientras vuelvo a leer ese escrito de despedida, recupero un sentimiento que desgarra el alma, puedo visionar la maquinaria de un cerebro al servicio de un final trágico, y, ¿cómo se suicidó?, la víctima pinchaba sobre su pecho una dosis de anestesia, para seguidamente hundir el cuchillo entre sus costillas hasta el mismísimo corazón. 


Y no pudieron contactar con su mujer, ni con su hija. Unos familiares cercanos dijeron que estaban rotas de dolor.


Seis meses más tarde alguien me llamó, solo quiso saber si él había sufrido, le dije que no, ella, su mujer, nos dio las GRACIAS.


Por Xavier Eguiguren. 

(Hechos reales). 




































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