domingo, 21 de octubre de 2018, 23:45
Elmonarquico2015
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¿Un mundo sin Dios?

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Juan Carlos Ayuso

Pensar en el ser humano sin pensar en una realidad integrada por un cuerpo, una mente y un espíritu, se me antoja imposible. Es precisamente la parte espiritual, la más compleja de aprehender de las tres, la que nos lleva al sentido de la trascendencia y la autorrealización. Ese sentido que aparece en nuestras vidas, según Abraham Maslow (1908-1972), uno de los fundadores de la psicología humanista y célebre autor de la pirámide que lleva su nombre, cuando todas las demás necesidades han sido satisfechas. La estrecha relación entre el arte y la espiritualidad como trascendente expresión humana, -buena prueba de ello la tenemos en la persecución y restricción de las manifestaciones artísticas llevada a cabo durante la era soviética- nos conduce al terreno de la emoción, ése que no conoce razones… En él, podemos conmovernos al escuchar cierta música, ver determinada escultura o enterarnos de un emotivo suceso.


El tema ha sido objeto de estudio de múltiples autores desde variados enfoques y disciplinas del conocimiento. La sensibilidad de Wassily Kandinsky (1806-1944) precursor de la abstracción pictórica y uno de los padres de la Bauhaus, intuyó y plasmó en su genial “De lo espiritual en el arte”, las relaciones entre las distintas manifestaciones artísticas con nuestra realidad espiritual y su subordinación a un Yo superior.


Desde la parte que me toca que es la comunicación, daré una pincelada sobre la existencia espiritual del ser humano al desvelar uno de los “secretos" de la comunicación publicitaria moderna. El discurso publicitario cuyo fin último, no lo olvidemos, es vender, siempre gravita en torno al equilibrio razón-emoción. Una apelación racional suele enfocarse como: “compre el producto A porque tiene la ventaja 1, la ventaja 2 y la ventaja 3”. Se dirige al receptor enarbolando una serie de afirmaciones verídicas y contrastables. Recibido el mensaje, el intelecto tras un pertinente análisis y valoración, toma una decisión.


Un aserto emocional es del tipo: “el nuevo producto A le hará disfrutar de todo un mundo de sensaciones…”. Este tipo de mensaje dificulta el juicio del receptor, al no poder contrastar tal afirmación por medio de ningún referente ni experiencia previos, lo que origina un mayor impacto del mensaje, sin que seamos conscientes en la mayoría de los casos, de por qué sentimos simpatía hacia ciertas marcas o productos, rechazo hacia otros, o qué nos impulsa a tomar determinadas decisiones de manera automática…


Vivimos un momento en el que importantes Think-Tanks espolean la sociedad hacia un mundo en el que Dios no tiene espacio. Mediante una coordinada agenda con ingentes recursos económicos y medios al servicio de intereses concretos, persiguen un objetivo: imponernos el relativismo. Para ello falsifican discursos desde la ingeniería del pensamiento que nieguen y/o nos aparten de la presencia de Dios como algo molesto, algo anticuado..., algo a evitar en el mundo actual. Todo un alegato viciado de antemano porque, negar a Dios, es negar nuestra propia espiritualidad, ésa que como hemos visto, cuando interesa, es bien aprovechada. ¿Cómo si no, es posible trascender, ir más allá de nuestra propia naturaleza, si no tenemos a Dónde ir o desconocemos la Dirección correcta? Llegados a este punto y con el ánimo de que se entienda mejor la realidad que nos vienen fabricando desde hace años -la cual contraviene la ley natural- y cuya finalidad no es otra que diseñar un mundo sin Dios, voy a recomendarles la entrevista que D. Julio Ariza, presidente de Intereconomía, hizo recientemente al doctor en Historia Contemporánea D. Alberto Bárcena sobre el relativismo, en la que se aportan numerosos detalles muy interesantes. Pueden acceder a la misma desde  https://youtu.be/jVfpYa75qGM


Solo me resta añadir que la monarquía, forma de gobierno considerada durante siglos como legítima decisión divina de jefatura, expresa en la Corona su símbolo de potestad. No hay corona real que no quede rematada por una esfera, símbolo del mundo y del poder del rey sobre el mismo, si bien sobre esta bola se alza la cruz; signo de Cristo y máxima autoridad de gobierno, Rey de Reyes y Señor de Señores.



Juan Carlos Ayuso

Director de El Monárquico
















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