lunes, 21 de mayo de 2018, 01:28
Elmonarquico2015
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Al Cristo de nuestro interior...

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Cristo




Zizi

Cristo crucificado o Cristo de San Plácido, obra del gran Diego de Silva y Velázquez (1599- 1660), el Cristo de los cuatro clavos, según sugerencia iconográfica de su maestro y suegro, Francisco Pacheco.


Cristo aparece sujeto a una cruz de travesaños con los nudos de la madera señalados, título en hebreo, griego y latín. Es un óleo sobre lienzo de estilo Barroco, que se halla en el Museo del Prado desde 1.829. También se le ha llamado Tormento de la Pasión. Procede de la sacristía del convento madrileño de monjas benedictinas de la Encarnación de San Plácido.


La leyenda dice que es pintado a instancias de Felipe IV para expiar su enamoramiento sacrílego de una joven religiosa. 


Oh Cristo que brillas en la ajada tela

como lirio blanco sobre la negra tierra

y enciendes tu luz mortecina

en medio de una sala

que dialoga contigo.


Oh Cristo, de apolíneo cuerpo

plagado de llagas

dulcemente dormido

en la mustia muerte del árbol caído.


Oh Cristo de los cielos negros

de la oscura luna, de ausentes estrellas

cuerpo de pan en la hostia

cuerpo de roto nácar

sobre la oscura tela, hundido.


Oh Cristo, tan dulce y suave

como la mano de un niño

que llora conmigo.


Oh Cristo de la cruz herido

cabeza gacha, sereno y tendido

cual blanca mañana

sobre noche vencida.


Ya no miras los bronces de luna

en madrugadas ocultas

en hielos de invierno y en trigos de estío.


Oh Cristo que callas, sereno y único

en los lamentos del mundo

y te entregas en pan blanco

cual maná penitente...


Cristo, de cabeza gacha y dolorosa muerte

en perlas de grana y sangre teñido

ven a mí y redime esta vida

callado camino de muerte

de silencio profundo, en cañadón de olvido.


Trae poco a poco tu luz

tu pasión, tu dolor,

para que yo lo comparta.


Ven a mi casa y entra

pues mi alma te aguarda

no más sangre en tu ausente cuerpo

no más silencio en derredor tuyo.


Ven conmigo, a mi lado,

dándome tu palabra

que cure poco a poco esta herida

anclada a la pérdida de un ser querido.

Comparto contigo una porción de pan

y de sal, que marca la huella de la piel herida.


Te miro y me miro y en tu dolor me redimo.

Ven a nosotros, Cristo de los cuatro clavos

enséñanos el amor: único camino

y cuando caiga nuevamente en el otoño, perdido,

dime una y otra vez: " Te amo, nunca me he ido".


Cristo de luz, Cristo de sangre

Cristo de antes, Cristo de ahora

no dejes que el mundo nade

por el mal y la muda muerte.


Avanza con tus manos heridas

y cuando toques mi puerta

para amanecer, encendido,

dime una y otra vez:

"Siempre estuve contigo".



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Zizi Kessler

Profesora de Literatura, Castellano y Latín

- Argentina -














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