jueves, 13 de diciembre de 2018, 06:52
Elmonarquico2015
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829 asesinatos ¿necesarios?

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Juan Carlos Ayuso

Permítanme que aborde desde este editorial la disolución de ETA, utilizando un lenguaje sin eufemismos.


Hablar de víctimas, de violencia política, de lucha armada, de daños colaterales..., ha subvertido durante 43 largos años el discurso de una banda, cuya marca de la casa ha sido ejercer un terror indiscriminado.


Un terror al que se han enfrentado personas inocentes con nombres y apellidos: hijos, hermanos, padres, amigos, cónyuges…, que en un momento de su vida sintieron el zarpazo de un mal irracional que arrancaba de su lado a un ser amado.


Y es que cuando perdemos a una persona querida a consecuencia de un accidente repentino, nos enfrentamos al imprevisible destino con el dolor de lo no esperado. Bien distinto a cuando, tantas familias, perdieron a alguien a consecuencia de la banda criminal ETA. En 829 ocasiones, sus familiares y amigos tuvieron que asumir que existía “una razón política”, o lo que es lo mismo, un dolor añadido a la irreparable pérdida que, para la desgracia de tantos, pretendía acreditar con razones, algo que carece de la más elemental justificación.


Creo que es esencialmente absurdo, aunque necesario que lo recuerde, que no existe ninguna razón que avale el asesinato de alguien. Nadie tiene el derecho a hacerlo. Es ocioso repetir que esta verdad, puede alienarse aún más, si al asesinato añadimos cobardía, alevosía, presencia en la escena del crimen de familiares, niños en ocasiones..., cuyo mérito intrínseco no ha sido otro que elevar el refinamiento criminal a altas cotas, en infaustas circunstancias que todos recordamos.


Cualquier reivindicación puede ser legítima, si se hace desde el diálogo y el respeto a los demás. Pero, ¿acaso existe una forma más pérfida de faltarle el respeto a alguien que arrebatarle su vida porque no piensa como nosotros?


Confieso que durante todos estos años nunca he digerido el discurso de ETA.


Sus barbaridades han traído a mi mente, en más de una ocasión, una frase de mis padres que alguna vez sirvió para poner paz entre mis hermanos: "si pegas a tu hermano, has perdido la razón..., aunque la tuvieras”.


Me parecía grotesco que pudiera reivindicarse el “derecho a matar” por parte de un grupo de asesinos. Sí, los que matan son asesinos. No son oprimidos, no son libertadores, no son intelectuales radicales, no son personas con un noble ideal que llevan al extremo la máxima maquiavélica de “el fin justifica los medios”.


Nunca me llegó el mantra, tantas veces repetido de, una legítima reivindicación política frente a un estado hostil que no les dejaba otra salida. Y no podía llegarme, porque sus razones eran las bombas y las pistolas.


Cuando hablan las pistolas, no hablan las personas, y si quien me habla no es persona, desconecto con la certeza de que no me estoy perdiendo nada.


A estas alturas ya habrán observado que no he escrito una sola línea, acerca de lo esperanzador que tiene la noticia.


Es verdad. No me quito de la cabeza a 829 personas asesinadas. 829 cuyo mayor delito fue estar en el lugar equivocado en el momento incorrecto, o haber jurado servir a España desde la Guardia Civil, la Policía o el Ejército.


Tampoco me quito de la cabeza a aquellos que han vivido de cerca este reinado, inútil, del terror, con el miedo constante en su vida. Dios sabe bien, que, si por alguien me alegro más del cese de la sinrazón, es por ellos.

Desgraciadamente, los que han perdido a un familiar o a un amigo, no van a recuperarlo.


Y esto me lleva a mi conclusión final. Está muy bien que ETA se disuelva. Faltaría más. Está muy bien que pida perdón. Faltaría más. Pero también creo que, si bien todos tenemos el derecho al arrepentimiento y a enmendar un camino equivocado, también debemos ser plenamente conscientes de que ciertas obras nuestras no tienen reparación, al menos en esta vida, lo cual nos deja en deuda eterna con aquellos a los que hemos guadañado su vida.


Juan Carlos Ayuso

Director de El Monárquico


















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