domingo, 21 de octubre de 2018, 22:39
Elmonarquico2015
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Carrozas Fúnebres. Al cielo en clase turística o clase preferente

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FranciscoJ.Tostado

Si hay un motivo para no querer pasear en una lujosa carroza tirada por hermosos corceles, si hay un motivo para no querer ser el “protagonista” de ese viaje, si hay un motivo en el que todos coincidamos, ese no es otro que se trate de una Carroza Fúnebre. Lejos de la función por la que se construyeron, nadie puede negar que tienen un encanto, un encanto especial y para comprobarlo qué mejor que visitar el Museo de Carrozas Fúnebres del Cementerio de Montjuïc, en Barcelona.


Sus orígenes


Debemos retroceder a la Inglaterra del siglo XVI, en América se encuentran registros de finales del siglo XVII, para encontrar las primeras Carrozas Fúnebres tiradas por caballos. Por entonces, el crecimiento demográfico en la ciudad de Barcelona provocó que los entierros se convirtieran en un problema cuya solución distaba de ser del agrado de los ciudadanos.


Hasta entonces, el entierro de los difuntos se concentraba en fosos adyacentes a las iglesias, entre la gente y sus casas, algo que representaba un grave problema de salud por los malos olores y gases nocivos que se liberaban. En el año 1775, el obispo de Barcelona, Josep Climent i Avinent, hombre de ideas avanzadas a su tiempo, crearía el primer cementerio fuera del recinto amurallado de la ciudad, algo no bien recibido por los feligreses, que debían desplazarse más de un kilómetro para orar a sus seres queridos, exponiéndose en ese desplazamiento a ladrones y a otra cosa mucho peor… el ataque de lobos que acampaban libremente por esos deshabitados caminos. Esto hizo que solo se utilizara como osera para las exhumaciones de otros cementerios y en el entierro de los pobres que morían en el Hospital de Sant Pau i la Santa Creu.


Durante la Guerra del Francés las tropas napoleónicas lo destruirían en 1813, y poco después, el obispo Sitjar decidiría reconstruirlo, apareciendo el oficio de “portador de difuntos”, que trasladaban a pie al fallecido. Será en el año 1835 que el cementerio pasaría a cargo del municipio, y el primer alcalde de la ciudad, Josep Marià de Cabanes i d´Escofet, sustituyó ese traslado por carruajes. Esto indignó inicialmente a los barceloneses que no entendían que unos animales transportaran a sus seres queridos a la tumba, vaya, un sacrilegio en toda regla.


Antes os invitaba a visitar el Museo de Carrozas Fúnebres que hay en Barcelona, desde el año 2012 se encuentra en el Cementerio de Monjuïc. Es una exposición única en Europa y las 13 carrozas originales que allí hay, sirvieron fielmente en su cometido a la ciudad durante casi un siglo. Otro motivo para visitar la ciudad, puede que tétrico, pero merece la pena, si no estás muerto, claro.


Sus cinco joyas


Entre ellas destacan cinco carrozas con nombres tan sugerentes como “Gótica”, “Gran Doumont”, “Imperial”, “Estufa” y “Araña”, algunas utilizadas por personajes ilustres.


La primera, de color morado, presenta una decoración propia del gótico y fue construida en Francia, probablemente la más austera de todas y sin prácticamente símbolos religiosos.


La “Gran Doumont”, fue construida de ébano, en el siglo XVIII en París por la casa Cellini. Búhos y plantas de adormideras la decoran en estilo barroco, sin asiento delante y con un gran ángel negro en el lugar del cochero. El torero José Gómez “Joselito”, tuvo el honor de desplazarse en él, en el año 1920, en su sepelio celebrado en Madrid.


La “Imperial”, propia de emperadores por el lujo que derrochan. La arrastraban cuatro o seis caballos -pensad que el número de corceles era signo del estatus social- con una profusa simbología referente a la brevedad de la vida, hasta hay una guadaña y el dios Anubis, a modo de guía del muerto hacia el otro mundo. Utilizada en el traslado al cementerio de la Almudena de Benito Pérez Galdós, su último servicio sería en 1986, el del querido alcalde Enrique Tierno Galván, en Madrid. 


Carroza Funebre  Estufa

Carroza-Estufa. Museo de Carrozas Fúnebres del Cementerio de Montjuïc (Barcelona) Foto: Jordiferrer


La “Carroza-Estufa”, construida en Barcelona por Joaquín Estrada, no tan lujosas como las anteriores y con maderas nobles y acabados plateados, fue la más utilizada en la década de los años 1920 y 1930 en los entierros de la burguesía y grandes personalidades como Gaudí, el conde de Godó, el rey Alfonso XII, Enric Prat de la Riba y Santiago Rusiñol. Su nombre se explica por el hecho que la caja quedaba cerrada con cristales que protegían del frío, permitiendo a su vez mirar sin ser visto. En 1929 costaba alquilarla 250 pesetas, sin duda, al alcance de muy pocos.


La “Araña”, la más utilizada entre el pueblo, su nombre proviene de las telas de ornamentación de la cúpula que cubre el féretro. Existían “Carrozas de Beneficiencia” financiadas por la Casa de la Caridad, austeras, para quienes no podían permitirse otro tipo de sepelio, y dejo para el final el grupo de “Carrozas Blancas”, construidas en Barcelona en 1935, reservadas para los niños y mujeres solteras, blancas como símbolo de pureza, en ocasiones con cintas azules, símbolo de extensión al cielo.


Carroza Funebre  Blanca

Carroza Blanca. Museo de Carrozas Fúnebres del Cementerio de Montjuïc (Barcelona) Foto: Jordiferrer


También podían alquilarse otros carros para los familiares que acompañaban a su ser querido, y con el tiempo, la tecnología haría que estos carruajes acabaran por ser sustituidos por los coches a motor, algo muy habitual en la actualidad, aunque esto me hace preguntar… ¿cómo serán los funerales en el futuro? Si es que ya se está utilizando la… ¡ultracongelación por nitrógeno líquido! 



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Autor: Francisco Javier Tostado

Médico especialista en Obstetricia y Ginecología

Escritor, amante de la historia y bloguero

http://franciscojaviertostado.com











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