martes, 11 de diciembre de 2018, 18:56
Elmonarquico2015
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Entrevista: Alfredo Luengo Rozas, segundo premio de narrativa del III Certamen Internacional Felipe VI de la H.N.M.E.

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                            D. Alfredo Luengo durante la realización de esta entrevista



JoaquinOrtega

A continuación compartimos con ustedes la entrevista a don Alfredo Luengo Rozas. Nacido en Madrid, este joven abogado desarrolla su profesión como especialista en negocios internacionales. Ha escrito varios artículos en revistas especializadas sobre Derecho de los negocios. El pasado 24 de marzo recibió el segundo galardón del III Certamen Internacional Felipe VI, por su obra “De lo acontecido en la Muy Noble Villa de Orgullosa”.


Don Alfredo, gracias por compartir su tiempo con nosotros. Usted ha obtenido el segundo premio de narrativa “Felipe VI” en esta edición. ¿De qué trata su obra?


Es una parodia de la vida misma. En concreto, he pretendido narrar la historia de una pequeña ciudad que se rebela al control de su gobernante, en el contexto de las relaciones feudales de épocas pasadas. Al final, me ha interesado resaltar que el aparente conflicto en el seno de una comunidad política es en este caso (y lo ha sido en todos los tiempos), una disputa provocada por las pasiones más viles y egoístas, de la que acaban aflorando las miserias de todo ser humano.


Parece una declaración de intenciones, dado el momento histórico tan convulso que nos ha tocado vivir en nuestro país.


Los paralelismos podrían resultar inevitables, pero quisiera insistir en que no se trata de un fenómeno desconocido. En trances determinados de la Historia, la sociedad ha olvidado momentáneamente un deber esencial: la fraternidad entre los hombres, en el sentido más noble del término. La fraternidad requiere de la existencia de corazones generosos. Y a la generosidad no se le pueden poner límites, pues sería como matarla. De esta forma, aquellos corazones contaminados por la envidia, la intransigencia y el resentimiento, solo pueden quebrar la frágil convivencia humana y producir situaciones tan ingratas como las que intuyo que alude.


Es una respuesta muy sensata, ¿deduzco que sigue usted con bastante atención el juego político?


Creo que como ciudadanos no podemos asistir imperturbables a la política de nuestro país, por muchos sinsabores que nos produzca. Y no me refiero necesariamente a la ferviente militancia en un determinado partido político. El devenir de España nos ha de preocupar a todos. En particular, considero que las personas más jóvenes hemos de ser las más críticas con el sistema político.


No pretendo que se me malinterprete. Es evidente que en cualquier Estado actual se producen situaciones que no satisfacen a todos por igual, normalmente con beneficio de unos y detrimento de los demás, y esto ha de ser corregido. Sin embargo, el peligro que corren las personas según avanzan en edad, es que su espíritu se va endureciendo ante el sufrimiento ajeno y se va haciendo cada vez más indolente a las injusticias. Es entonces cuando ha de alzarse la voz enérgica, e incluso impulsiva, de los que por mera justificación de carácter biológico, albergamos mayor ímpetu para rechazar lo arbitrario y reclamar lo justo a aquellos que detentan el ejercicio del poder.


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Me resulta complicado imaginar una actitud intermedia, como la que describe. Por un lado conozco personas jóvenes con absoluto desapego a la vida política, y por otro, pienso en posturas llevadas al extremo.


En mi opinión, ambas tipologías responden a un patrón común. Las personas han nacido para vivir en sociedad y contribuir, en la medida de sus posibilidades, al bien común, esto es, al bien de todos. Ahora bien, para que esta aseveración se cumpla, el espíritu de esas personas ha de atravesar un proceso de maduración, con el cuidado extremo para que este fruto (continuando con el símil) no sea arrancado de antemano, ni adulterado de forma artificial, hasta que haya alcanzado las condiciones óptimas. Pues bien, por este proceso me estoy refiriendo a la adquisición de la personalidad.


Cada ser humano debe tener plena conciencia de sus capacidades, para desarrollarlas al máximo, y ponerlas al servicio de los demás. El riesgo, como he adelantado antes, es que la construcción de esta individualidad sea desfigurada o manipulada. Por una sencilla razón: toda la vida seremos lo que alcancemos a ser de jóvenes. El castigo por incumplir esta ley natural es la pérdida de la individualidad, del espíritu crítico, y en contrapartida, el sometimiento ciego a otras personas que nos dirigirán el pensamiento, coartándonos toda libertad y convirtiendo en cierta aquella frase desoladora que dice que no ha habido nunca una tiranía que no hayan merecido los que la sufren.


Esa reflexión nos podría llevar al tema de la educación. Por eso, le pregunto: ¿qué problemas concretos observa en el ámbito de las generaciones más jóvenes?


Supongo que podría citar muchos de distinta entidad, pero todos ellos serían consecuencia a su vez de problemas estructurales de una gran envergadura. Por ser el primero que me viene a la cabeza, hablaría de la dejación, consciente o insospechada, que han hecho muchos padres respecto de su deber natural de educar a sus hijos, poniéndolo en manos de otros agentes. A priori no debería suponer una negligencia, si no fuera porque de antemano todos ellos conocen que, inevitablemente, la educación moral, religiosa o ideológica puede estar a cargo de un maestro (y en última instancia, de un Estado) con una forma de apreciar la vida, en muchos casos, radicalmente distinta a la de esos padres.


Seguidamente, realizaría una mención a la perspectiva excesivamente utilitarista en que se educa a niños y jóvenes respecto de determinados saberes o disciplinas. Al fin y al cabo, representa un problema de vocación, o mejor dicho, de inexistencia de vocación, como consecuencia lógica de la ausencia de guías o referentes provistos de autoridad, que sepan detectar y encaminar adecuadamente las capacidades innatas de los más jóvenes. Y por arrancarme una espina clavada, quisiera decir un último inconveniente, que me desazona especialmente: ya no se lee. Miles de años de reflexión y creación de las obras más elevadas del intelecto humano son de repente relegados en estanterías, como flores marchitas. ¿Cómo nos hemos vuelto así de engreídos?. ¿O perezosos?. ¿O idiotas?.


Recogiendo este último comentario, y para nuestros lectores sepan un poco de su faceta de escritor, que en muchos casos implica ser antes un gran lector, ¿qué libros nunca faltan en su escritorio?


Yo siempre he vivido rodeado de clásicos. Me gusta releer cada poco tiempo a Cajal y a Marañón, pues constituyen para mí dos referentes intelectuales en todas las áreas del pensamiento, no solo en la ciencia que cultivaron. Además, de mi mesa de trabajo nunca me han abandonado dos ejemplares: El Quijote y El Criticón.


Finalmente, permítame que nos refiramos a la Hermandad Nacional Monárquica de España. ¿Qué sentimiento le suscita esta institución?


Estoy muy orgulloso de haber conocido la Hermandad. Me encuentro muy a gusto entre sus miembros, básicamente porque los considero a todos personas honestas y de una enorme coherencia intelectual, en lógica consecuencia con los valores que representa esta institución. En particular, quiero aprovechar para alabar la personalidad de doña Ana Estevan, secretaria de Educación y Cultura de la H.N.M.E., persona representativa de la idiosincrasia de este colectivo, repleto de individuos honrados y profundamente humanos.


Gracias por sus alentadoras palabras.


Gracias a ustedes por su cariño e interés.



Joaquín Ortega

Director Adjunto de El Monárquico













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