jueves, 13 de diciembre de 2018, 07:01
Elmonarquico2015
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Theodor Morell, el médico personal de Hitler

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"AUNQUE MI MANO TIEMBLE, AUNQUE LLEGARA A TEMBLARME LA CABEZA, MI CORAZÓN NUNCA TEMBLARÁ." 

Adolf Hitler

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                                                          Theodor Morell sin gorra y detrás de Hitler




FranciscoJ.Tostado

Mucho se ha hablado sobre la salud de Adolf Hitler, mentiras, pero también verdades, y aunque pueda parecernos extraño no existen muchas fuentes fiables sobre sus enfermedades. Si hay una que podamos considerar objetiva es la detallada por su médico personal, Theodor Gilbert Morell, quien en sus informes médicos y diarios deja escritos sus males y los tratamientos recibidos.


Empezaré por el final, concretamente tras el despido de Morell por Hitler el 22 de abril de 1945, al ya “no necesitar su ayuda médica”. Abandonaría Berlín en un avión Condor, sufriendo obesidad, problemas cardíacos y circulatorios que le obligarían a hospitalizarse casi de inmediato. El 17 de julio sería detenido por los americanos en el mismo hospital donde se encontraba ingresado, siendo torturado para obtener información acerca del dictador -cuentan que hasta le arrancaron las uñas- obteniendo su historial médico, del que hace unos años se encontró una copia del informe de inteligencia militar de EE. UU.


Entre las mentiras que se han dicho sobre Hitler se cuentan su posible homosexualidad, haber sufrido de sífilis y ser un pervertido, que se descartan tras el estudio de las páginas registradas por Morell. Sufrió de “calambres” estomacales, eczemas, flatulencias y al final de su vida empezó a tener problemas de corazón, esto último algo que no le reveló al propio Führer. A partir de febrero de 1944 comenzó a fallarle la visión del ojo derecho, aunque se negó a llevar gafas, utilizando una lupa con la que podía leer los documentos que le presentaban (seguro que más de uno recuerda haberle visto en alguna fotografía utilizándola). También en sus últimos días se puede apreciar en las películas que se tienen de él, un temblor exagerado de su mano izquierda, aunque ya antes manifestaba un deterioro de sus facultades motoras desde que subió al poder, algo que ya en 1933 insinuaban que pudiera padecer Parkinson. Este diagnóstico se ve reforzado más recientemente por el estudio del neurólogo Raghav Gupta publicado en World Neurosurgery. En él afirma que la enfermedad pudo influir en su falta de remordimiento y empatía, así como en exacerbar su carácter impulsivo y temerario, influyendo en algunas de las fatales decisiones que tomó durante la Segunda Guerra Mundial como el ataque temprano de Rusia, en 1941; el no defender correctamente las playas de Normandía, en 1944; o su negativa a que la Wehrmacht se retirase de Stalingrado. Lo cierto es que desde la derrota de Stalingrado Hitler caminaba encorvado, arrastrándose y su rostro se volvió totalmente inexpresivo, además de presentar rigidez en la expresión de pensamientos, una trayectoria de su escritura y unas deficiencias en el habla que podrían ser síntomas compatibles con la enfermedad de Parkinson. 


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"Iba de un lado a otro a paso lento y trabajoso, inclinando hacia delante la parte superior del cuerpo y arrastrando los pies. Le faltaba el sentido del equilibrio […] De la comisura de sus labios goteaba a menudo la saliva."(Descripción que hace un oficial del Estado Mayor cuando se había recluido en el búnker del Reichtag para ver pasar sus últimos días).

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                                                                   Theodor Morell en su laboratorio



Volviendo a la figura de Theodor Morell, este sería médico personal de Adolf Hitler desde 1936 hasta su suicidio en 1945, y desde esta posición de poder se crearía envidias y enemistades que apuntaron a atribuir a sus tratamientos como causa de la mala salud del Führer. Estudió medicina en Grenoble y en París, recibiendo formación en obstetricia y ginecología en Múnich. Tras doctorarse sirvió en el frente durante la Primera Gran Guerra, y en 1919 abriría consulta en la misma Berlín donde en solo un año ya buscaron su atención artistas y aristócratas adinerados. Su fama no hizo más que aumentar rechazando la invitación del Sah de Persia y del rey de Rumanía para ejercer como su médico personal. Entre sus pacientes destacó el propio Mussolini y Heinrich Hoffmann, a quien supuestamente curó de gonorrea y que, junto a Eva Braun, acabarían presentándolo al Führer. En una ocasión, en una fiesta en el Berghof, Morell le diría que podría sanarlo en menos de un año de sus dolencias intestinales y de piel, aceptando Hitler su tratamiento.


Morell era conocedor de la dieta vegetariana del dictador, en especial de las judías que tomaba en purés ocasionándole más flatulencias. Creía que sus dolores estomacales se debían a bacterias nocivas que trató con un probiótico conocido como “Mutaflor” con bacterias Escherichia coli provenientes de un soldado alemán sano de la Primera Guerra Mundial. En seis meses, el eczema de la piel y el mal intestinal desaparecieron, y tres meses después se restableció en su totalidad. Desde ese momento pasaría a ser su médico personal, no sin cierta reticencia de la mujer de Morell. Goring le llamaba con cierto cinismo “el Canciller Aguja”, por su afinidad a las inyecciones, aunque Hitler prefería una inyección antes que un tratamiento oral al buscar resultados rápidos. Hitler era el paciente ideal para cualquier curandero y el tratamiento con placebos, ya que su imaginación aumentaba su hipocondría. Estas inyecciones contenían glucosa, vitaminas y preparados hormonales a dosis tan bajas que era poco probable que le hicieran ningún efecto positivo ni negativo. En una ocasión, en 1937, pensó que estaba tan enfermo que dictó un testamento político en noviembre de ese mismo año, y su última voluntad privada, seis meses después. Por desgracia para la humanidad no se cumplió su sospecha.


                                                                                Y aún se comercializa…



En su diario médico Morell registraba todas las drogas, vitaminas y sustancias que administraba al Führer periódicamente, ya sea en inyecciones o en pastillas, y en abril de 1945 tomaba hasta 28 píldoras y varias inyecciones cada día. Estas son algunas de las sustancias que le administraba: testosterona, cafeína, belladona, sulfinamida, anfetaminas, manzanilla, atropina, bromato de potasio, cocaína (en gotas para los ojos)… y así hasta más de setenta. Entre algunos de los sorprendentes tratamientos que le dió se encuentra la penicilina tópica que recibió en 1944 y que en esos momentos había sido introducida de forma experimental en el frente por el ejército estadounidense, sin desvelar nunca de donde la había adquirido; en sus últimos meses de vida, Hitler alternaba estados de decaimiento y flaqueza con euforia inaudita, hecho que podría ser debido en parte al “Vitamultin” un producto de Morell que contenía dosis de metanfetamina y cafeína; y el “Glyconorm”, un preparado a base de placenta, hígado, músculo cardíaco y testículos de toro, administrado como tónico.


Supuestamente, jamás le dijo a nadie, ni tan siquiera a Hitler, lo que le administraba, por ello se le acusó entre los círculos más cercanos al Führer de su mala salud, pero los historiadores descartan que estos tratamientos le hubieran influido en sus decisiones y que le afectaran en su salud, ya que las dosis eran muy bajas.


Morell tenía entre sus manos la vida de Hitler (¡posición deseada por tanta gente!) contando con toda su confianza y recompensándole con la cruz de caballero de la orden del mérito en guerra sin espadas, pagándole una fuerte suma de dinero y apoyándole hasta hacerle dueño de su propia fábrica de productos farmacéuticos. Para su desgracia, Morell acabaría muriendo en 1948 de un ictus, pobre e ignorado, sin ser nunca acusado de ningún crimen.




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Autor: Francisco Javier Tostado

Médico especialista en Obstetricia y Ginecología

Escritor, amante de la historia y bloguero

http://franciscojaviertostado.com















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